RESEĆA: Los Claveles de Tolstoi de Ruiz Plaza
- Christian JimƩnez Kanahuaty
- 10 may 2021
- 5 Min. de lectura

-por Christian JimƩnez Kanahuaty-
Hay algo espeso en los cuentos del libro Los claveles de Tolstoi (2020, Editorial 3600). Presenta la fisonomĆa de un juego de cartas barajadas para seguir un destino que no responde a la cronologĆa de tiempo y espacio. Son cuentos conectados entre sĆ, pero que no dejan de tener un espacio en blanco entre ellos. Es el mismo impulso que recorrĆa su anterior libro, la novela DĆas detenidos: un ansia fabulatoria, mĆ”s propia del hacer poĆ©tico que de la novela, pero que en el caso de la prosa de Ruiz Plaza apuesta por la construcción verbal de un mundo lleno de vacĆos y significantes.
Y si bien el libro arranca con un prefacio en el que se postula que los cuentos estĆ”n unidos por vasos comunicantes y estĆ”n escritos bajo el signo del fracaso, quisiera proponer otra lectura. En principio, mĆ”s que vasos comunicantes lo que se presenta en este libro es un elenco estable. Algo propio del teatro donde un grupo de actores durante muchas temporadas representan una serie de piezas teatrales en las que los actores se van alternando el protagonismo. En unas piezas serĆ”n figurantes, en otras protagonistas y en aquellas, sólo recuerdos, fantasmas, o mejor: evocaciones. Y es que junto con el ansia fabulatoria, que es una manera poĆ©tica de decir que los personajes de estos cuentos se pasan pelĆculas mentales todo el tiempo, existe un sentimiento que bajo la evocación constituye la personalidad de los sujetos que en los cuentos de Ruiz Plaza tomamos como personajes.
Es por ello que no es el fracaso lo que marca la vida de estas personas, es la madurez misma. El saber que se hace lo correcto, aun cuando las razones no son las correctas. El impulso del fracaso es la vida mutilada, en cambio, en los cuentos de Los claveles de Tolstoi lo que existe es una vida que se vive a pesar de la fractura, del daño, de los recuerdos que no se pueden dejar en el pasado y quizÔ, la posibilidad de lo que puso ser y en cierto modo sucedió, pero no tal y como se deseaba.
Los personajes que atraviesan los cuentos son personas conocidas en todas sus dimensiones. Nos proponen que se puede vivir muchas vidas dentro de una misma. Al mismo tiempo, hay cierto aire de familia que los relaciona con cierto tipo de arte producido en el siglo xx. QuizĆ” bajo un afĆ”n de erudición el autor haga que sus personajes estĆ©n signados por un gusto estĆ©tico que los define y los limita, pero en lugar de ser una afectación es una muestra mĆ”s de su carĆ”cter. Por ello los narradores de los cuentos en todo momento estĆ”n interpretando y sobreinterpretando lo que viven. No hay realismo. La apuesta de Ruiz Plaza parece ser el hiperrealismo. Y tal vez por ello no sea casual la apelación constante a la fotografĆa y a la pintura como formas de expresión de emociones y de aquello que por facilidad hemos definido como ālo realā y que nos sirve de ancla para definir nuestra personalidad.

En ese sentido el juego de evocaciones que se gestan en los cuentos pasan por al menos tres ramas. La familia y sus lazos, el amor y su facultad de ser confundido con el simple sexo y la amistad teñida de borracheras y complicidades masculinas. Como transversal a veces aparecen los estudios universitarios de pre y posgrado, a veces incluso el viaje como expedición de un paisaje que se pretende hacer propio y en definitiva; la migración como eje sustantivo de vidas dislocadas que encuentran en el monadismo una excusa para no detener los relojes.
Hay guiƱos hacia otros escritores, hacia otros libros, pero me parece que ninguno estĆ” tan bien logrado como en el cuento Abril SalomĆ© Barcelona que abre con una cita de un poema de Enrique Lihn y cierra parafraseando el poema mayor del poeta chileno. Y es sugerente este hecho, porque la escritura es tambiĆ©n uno de los temas del libro de Ruiz Plaza. AsĆ, el credo de Lihn en Porque escribĆ pasa a ser otra forma de hacer que la vida valga. En el cuento Bravo, lo que existe es un mundo que estĆ” a punto de desaparecer y se intenta contener en versos y reflexiones que sin ser propias se asumen como aquello que siempre se quiso escribir. Es posiblemente el cuento que define la pasión de la literatura y la fiebre de la creación y la doble cara de aquellos que apuesta a todo o nada por la obra y aquellos que con el miedo en las entraƱas apuestan por la vida rĆgida de las convenciones.
Lo bueno de los cuentos es que no hay en ninguno de ellos un pedestal moral desde el cual los narradores se paren a evaluar o ajusticiar lo que sucede. Y si bien algunos de los cuentos parecen extenderse demasiado, tiene sentido porque lo que se teje dentro de los cuentos es la normalidad. El tedio. El aburrimiento. Y es que, en la vida, no todo en vĆ©rtigo, emoción o ritmo. ParecerĆa que tal como se refiere en uno de los cuentos la sombra de David Foster Wallace planea sobre el libro, mostrando este aburrimiento que es el salto y seƱa del momento contemporĆ”neo. Si Foster Wallace lo planteó con maestrĆa y soltura en El rey pĆ”lido, demostrando que incluso el tedio puede ser narrado, porque el tedio es parte de nuestras vidas, Ruiz Plaza muestra que el tedio es tambiĆ©n esas partes en que la trama tarda en resolverse y todo parece cansino y sin sentido. Pero como luego se sabrĆ”, a travĆ©s de otro cuento, lo que parece letargo no es sino conexión suspendida como una nota musical que se sostiene por muchos compases hasta encontrar su cauce natural.
Asistimos entonces a un universo de ficción que es fragmentado y episódico, y que quizĆ” en su estructura y presentación formal le deba mucho a la vanguardia que hoy en dĆa significan las series de televisión, porque los cuentos de este libro se conectan entre sĆ mostrando este elenco estable, pero el desarrollo de la trama deja vacĆos y espacios que deben ser rellanados por un espectador (lector) activo y que, por ello, su presentación manifiesta el ritmo de lo que nunca acaba y que siempre existe la posibilidad del ācontinuarĆ”ā.
Por lo dicho hasta ahora tenemos en Los claveles de Tolstoi un libro de cuentos que funciona como unidad temĆ”tica en el registro en que el elenco estable que se propone, crece. Cuando los personajes se desenvuelven y adquieren carĆ”cter es cuando el vocabulario, el ritmo y las referencias aparecen y no se presentan como afectación del autor, sino como ramas o extensiones creĆbles de la vida de los personajes que se van perfilando en esas derivas que no son sino la prueba de que la vida tiene mucho de desierto, y que las personas son como peregrinos perdidos en Ć©l y que sólo siguen caminando porque quieren alcanzar el oasis o el espejismo de unos claveles blancos que significan el retorno a la inocencia.
