• Christian Jiménez Kanahuaty

Primeras notas sobre la prosa en Bolivia

-por Christian Jiménez Kanahuaty-

Tiempo presente: es el momento de repensar la crítica literaria en el país. Establecer nuevos enlaces, nudos y conexiones entre tradiciones que parten de la política, transitan por la literatura, pero gestan opinión, a veces, desde la fundación de un periódico de circulación nacional o local. Pero ya entrado el siglo XX, el asunto de la prosa pasa al campo intelectual y es en ese justo momento en que se empieza a pensar la nación, cuando la novela pierde impulso y se concentra, en lo que podría llamarse "historias mínimas" con cierta pretensión despolitizada.


Es con la Guerra del Chaco que se revierte en parte la situación, pero desde el testimonio y desde el cruce entre realidad y ficción, sobre todo en el cuento y en ciertos casos la novela. Es una prosa que tiene afanes realistas y, por ello, la técnica narrativa se deja de lado y lo formal parece ser que es una discusión que no importa. Lo que realmente resulta importante para los escritores de aquel momento, es decir, o mejor dicho, "contar" lo que vivieron.


Tras la revolución de abril de 1952 pasa lo mismo. Se establece un pacto con el lector en el cual el escritor sólo desea seguir los acontecimientos desde la prosa de ficción, como lo haría desde el reportaje o la crónica. No hay un afán neto por reorganizar el material ni por encontrarle la vuelta a la realidad. Se la presenta tal cual. Y al hacerlo la novela, si bien funciona como tal dentro de la tipificación de los géneros, lo que hace es hacerle el juego al campo político y se desprende de la autonomía del campo literario propiamente dicho. Si se piensa dentro de estas condiciones de posibilidad, la realización de un proyecto letrado no pasa por la ficción, como aseguran ciertos críticos, más bien, está atravesado por una predisposición a la literatura, pero no se deja contaminar por ella, debido a que su ideal es establecer un debate político en los términos del poder que está en manos de los partidos políticos con representación parlamentaria.


La novela no juega dentro del campo estético, lo hace en el campo político para reforzar un imaginario, una ideología o en última, defender un determinado movimiento y sostener un liderazgo. Bajar línea. Tal la pretensión de cierta novela que desea hacerse pasar y pensar como realista.


Y de ese estado de situación se puede hilar, salvando distancias y tiempos, con el testimonio y el documental, que, al menos en el caso nacional, no pretende establecer una ruptura con lo real, sino apegarse a la narrativa episódica de los acontecimientos que ya se encuentran en la prensa escrita. Lo que hace, por un lado, el testimonio y, por el otro, el documental no es más que reforzar un modo de contar una historia que no problematiza ni el punto de vista ni las técnicas. Ni siquiera logra desplazar el conocimiento de lo real. Lo suscribe. Lo expone. No se critica, porque criticar es tomar posición. Y dentro de estos modelos narrativos no existe aquello.


La posición y la toma de conciencia es un lujo que la prosa no se puede permitir, porque sus objetivos deben tener efectos en la realidad, a partir del ejercicio de la política, ya sea para sostener un modelo o para derrocar otro que no es conveniente. Dicho esto, lo que queda no es sino pensar ya no la noción de prosa que se maneja o las intenciones con las que se construye un canon. Ni tampoco el modo en que se piensa la relación ficción-realidad o literatura-política. Lo que se presenta como sugerente tarea es la organización de nuevos modelos de lectura de la literatura nacional para establecer, desde el cuadrante político que marcan, desde su inicio, el modo en que el género está construido. No sólo en cuanto a técnica y forma, más bien, cómo se dispone el proyecto y cuáles son los materiales de la realidad que selecciona para llevar a cabo dicho fin.


Toda vez que la ficción es realista y no una representación, lo que queda es pensar de nuevo el realismo, pero en otra clave. El realismo como creación que responde a un proyecto. No es sólo una proyección de la imaginación, sino que es la transposición de un lenguaje, el de la vida cotidiana a otro, el de la literatura, pero despojando al lenguaje de la literatura de su potencia que en definitiva es la relación que establece con lo no dicho. Con lo que se puede decir de otro modo y con lo que se puede decir, pero sin atender a la linealidad del tiempo o a la suma descriptiva que se agota en la nominación de la realidad. Como si la ficción tuviera la labor de la crónica o de la investigación periodística, pero con más detalles y más espacio.


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