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  • Foto del escritorMario Portugal-Ramírez

Memorias de una exorcista

Actualizado: 14 jun

por Mario S. Portugal-Ramírez I CUENTO I BOLIVIA

 

El autor nos presenta una narración en el género de lo fantástico donde acompañamos a un clérigo y su aprendiz en una difícil tarea. El cuento apareció originalmente en la compilación "Delirios citadinos" (Bogotá, 2020) de Editorial Eucalipto.

Después de casi veinticinco años, aquel aroma a café́ perdura hasta hoy en mi memoria como si aún ese oscuro líquido estuviese entre mis manos, esperando a que lo beba sorbo tras sorbo. Es curioso, cada vez que rememoro aquel día lo primero que viene a mi mente es ese café́ y no la tormenta de la noche previa; tampoco las pésimas noticias que recibí́ de casa o el golpe de Estado que había ocurrido doce horas antes, antesala de una cruenta dictadura de siete años. La memoria es selectiva: mi mente relaciona una taza de café́ con mi primera experiencia en el oficio del exorcismo.


Mientras bebía el líquido de mi taza para tratar de despertarme por completo, enumeraba algunas de las instrucciones de mi mentor, el padre Auyero. Sin embargo, una pregunta dominaba mis cavilaciones: ¿estaría haciendo lo correcto? Después de todo, podía seguir una vida tranquila como una monja más, consagrando mi tiempo a las actividades del convento y a los oficios litúrgicos. Trataba de convencerme a mí misma de que hacía lo correcto, que convertirme en una exorcista era el camino que había trazado Dios para mí. Estaba sumida en estos pensamientos cuando el clérigo me sacudió́ el hombro: era hora de irnos.


Agustín Auyero era un cura jesuita de aspecto robusto, de mejillas coloradas, con una pequeña nariz respingada y de orejas pequeñas que parecían terminar en punta. Sus ojos eran grandes y oscuros, escondidos tras gafas para combatir su miopía y que se asemejaban a dos fondos de botella. Su cabello hirsuto apenas le cubría la nuca y parte de las sienes, mientras la calva brillaba como lustrada adrede. Poco afecto al aseo, su cuerpo y sus ropas despedían un fétido olor que delataba su falta de baño de hacía ya varios días. Por ello, los clérigos —e incluso la Madre Superiora de mi congregación— le apodaban “el gorrino”.


No obstante, el desprecio por su grosera estampa era eclipsado por el temor a su oficio, pues nadie se atrevía a discutir su habilidad natural para el exorcismo. Desde muy joven, Auyero devoró las Sagradas Escrituras y otros textos para aprender sobre el tema, aunque se decía extraoficialmente que había obtenido sus conocimientos de libros de artes ocultas. El clérigo a menudo se jactaba de los apuntes heredados de un sacerdote copto, los cuales contenían transcripciones de exorcismos hechos en épocas de los primeros cristianos. Según se rumoraba, él también le entregó unos manuscritos del siglo X, redactados por el sacerdote cátaro Phineas Languedoc, cuya pluma fue inspirada por el propio Lucifer, el gran traidor del cielo y del averno.


No puedo asegurar la existencia de dicho manuscrito, pero presumo que solo eran conjeturas de otros sacerdotes envidiosos. Considero que mi tutor obtuvo sus habilidades por los años de práctica y por una inclinación natural hacia el ocultismo. Mi mentor ejercía el oficio de una manera metódica, con una precisión y minuciosidad exquisitas que hasta ahora no he visto en ninguna otra persona. Su pasión y entrega por nuestro arte fueron sencillamente maravillosos e inspiradores; animándome a mí y a otros jóvenes en camino de convertirnos en monjas o sacerdotes a dar un vuelco en nuestra fe para dedicarnos a una tarea menos grata, aunque necesaria, para conservar la doctrina y el orden universal.


Mientras nos dirigíamos a la puerta, Auyero me hizo preguntas específicas sobre algunas secciones del Malleus Maleficarum y del Flagelium Daemonum. Contesté cada pregunta e incluso añadí́ más información, lo que dejó a mi maestro sorprendido. Yo no solo había leído lo asignado, sino que también revisé otros textos que encontré́ en la biblioteca del convento. En un anaquel descubrí́ las memorias del párroco peruano Baltazar Agamenoni, nacido en Trujillo alrededor de 1650. En uno de los volúmenes, Agamenoni narraba cómo lidiar con posesiones de demonios domésticos, a menudo desconocidos para los exorcistas.


El padre Auyero abrió́ con cuidado la puerta, mirando a ambos lados en busca de militares. La calle estaba desierta, tomada solo por un silencio que presagiaba muerte. En ese momento, cientos de soldados custodiaban las calles de La Paz en busca de los opositores al régimen, a quienes llamaban “traidores de la revolución”. Hacía mucho frío y lloviznaba, por lo cual me arropé y cubrí́ mi rostro con la bufanda. Mi maestro solo vestía su sotana y una chaqueta color beige que no se abrochó, dejando a la vista la cruz de plata que utilizaba en sus ceremonias.


Caminamos con prisa hasta llegar a la plaza del Estudiante, donde vimos a varios uniformados patrullando los accesos a la Universidad Mayor de San Andrés. La avenida Arce seguramente estaría custodiada, lo mismo la Avenida 6 de Agosto, así́ que sugerí́ escabullirnos por la calle Landaeta para tomar la Avenida 20 de Octubre. No me equivoqué; no había patrullas así́ que pudimos caminar por varias cuadras sin problemas. Cuando llegamos a la calle Aspiazu fuimos detenidos por un grupo de soldados, mas logramos sortearlos con rapidez porque el sargento a cargo reconoció́ a Auyero, quien unos años antes exorcizó a uno de sus hijos.


Dos cuadras más adelante no tuvimos la misma suerte, una patrulla nos detuvo. El sargento a cargo y sus subordinados estaban borrachos; revisaron nuestras pertenencias en busca de material subversivo. El sargento mandó esculcarnos para asegurarse de que no tuviéramos armas escondidas bajo la ropa; uno de los soldados se acercó́ con soberbia y me sobó los pechos con una sonrisa lujuriosa en la cara. Envalentonado por su fechoría, el miserable me tomó del cuello e intentó besarme por la fuerza, a lo cual yo respondí́ arañándole el rostro con fiereza. Me empujó con violencia y luego se tomó́ el rostro entre las manos mientras vociferaba como un animal, prometiendo que me mataría en ese mismo instante. El empellón me arrojó al suelo y pronto tuve el cañón de su arma apuntándome la sien.


En aquel angustioso momento perdí́ toda mi templanza y comencé́ a llorar del miedo, rogando a nuestro Señor Jesucristo que me reciba en su gloria. El hombre titubeaba, me miró, luego a su jefe y finalmente a Auyero como si no pudiese explicar lo que sucedía, era como si una fuerza extraterrenal impidiese que su mano apretara el gatillo. Los otros militares, incluyendo el sargento a cargo, retrocedieron en silencio, hasta que alguien dijo que nos dejasen pasar. Me incorporé en silencio y vi aquello que los había espantado: mi preceptor tenía una mirada infernal. Aquellos hombres, de naturaleza supersticiosa, rehuían de la idea de siquiera encontrarse con aquellos ojos.

Continuamos por fin nuestro camino y pronto llegamos a nuestro destino. Eran casi las ocho de la mañana, fuimos puntuales a pesar de los percances. El timbre sonó́ y al poco rato salió́ una mujer menuda a recibirnos, de rostro colorado y afable. Saludó a Auyero tomándole ambas manos y llevándoselas a la boca, mientras que al verme asintió́ con la cabeza y me llamó “madre”. Mientras nos invitaba a pasar, dijo que tenía todo dispuesto como se le había ordenado.


Cuando entramos a la casa vimos que en la mesa del comedor nos esperaba un copioso desayuno. Yo no tenía mucho apetito y comí́ solo por educación, imaginando el esfuerzo que habría hecho aquella mujer para prepararnos tal agasajo. Mientras, mi maestro devoró la comida sin asomo de vergüenza, charlando con la mujer como si se fuesen viejos amigos. Cuando terminamos la anfitriona tomó los platos y desapareció́ tras la puerta de la cocina. Al regresar nos dijo que tenía lista la habitación para la ceremonia.


Nos condujo a una recamara soleada, con tan solo una mesa en el centro; no había señales del poseído, ninguna persona atada, hablando en lenguas ininteligibles o con los signos demoniacos en el rostro y el cuerpo. Mientras tanto, Auyero dispuso con cuidado sobre la mesa sus instrumentos para el exorcismo. A continuación, sacó su estola bendecida y se la colocó sobre los hombros. Me pidió́ prepararme para el ritual, así́ que tomé el relicario donde guardaba mi crucifijo de plata.


Los minutos pasaban y pregunté a mi mentor qué era lo que sucedía. Molesto por mi pregunta, me dijo que la impaciencia era el peor defecto que podía tener un exorcista, porque eso lo podría llevar al fracaso. Me dijo que un exorcismo no solamente era el ritual, sino el momento previo en que debía aplacarse el espíritu para disipar cualquier temor que podría desencadenar resultados negativos.


Me decía esto cuando la puerta de la habitación se abrió́ de súbito y llegó la poseída que no era otra sino la dueña de casa. Risueña, vestía una bata blanca y nos dijo que disculpásemos la demora. En aquel momento pensé́ que todo era una impostura, que mi maestro era solo un charlatán. Auyero, como si me hubiese leído la mente, me miró con reproche. No dije nada, solo me dedique a observar lo que vendría a continuación.


Auyero pidió́ a la mujer arrodillarse y recitar el Padre Nuestro seis veces en voz alta. Yo acompañé́ sus rezos con las palmas de las manos juntas, pero poco a poco fui sintiendo como si alguien estuviese tratando de tirarme al suelo. Terminamos de musitar las últimas palabras del quinto Padre Nuestro cuando todo comenzó́: como si un resorte en el interior de la mujer se hubiese activado, la dueña de casa perdió́ su rostro apacible y se asomó́ en su expresión una mueca demoniaca. Su suave voz femenina se transformó́ en un estertor que hacía retumbar la habitación como si un terremoto la sacudiera. Nos maldijo a ambos pero en especial a Auyero, quien continuaba —ahora impasible— musitando algunos rezos secretos.


El cuerpo de la mujer comenzó́ a convulsionar y sus brazos se agitaban intentando golpear a mi maestro. La mujer era pequeña, pero su energía era tal que un solo manotazo suyo podría haberme dejado sin sentido. Imperturbable, mi maestro tenía su mano derecha sobre la frente de la mujer como si estuviese conteniendo aquella energía maléfica. Noté que en sus sienes unas gotas de sudor corrían por el gran esfuerzo físico, aunque su rostro no delataba la menor fatiga.


Auyero preguntó cual demonio había tomado ese cuerpo; era Caym, monstruo aficionado a las aberraciones carnales, el cual solía escapar del infierno y poseer a inocentes. El ser amenazó con perseguirnos hasta la muerte si lo obligábamos a abandonar ese cuerpo, lo cual me preocupó y solo atiné a mirar a mi preceptor, quien no se inmutó ni respondió́ al engendro. Entonces, mi maestro habló con una voz ajena:


—Vengo en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo para exorcizar todos los espíritus malignos y que estos jamás vuelvan a turbar a tu inocente alma.


La mujer, enloquecida, comenzó́ a echar espumarajos por la boca y chilló con desesperación. Auyero rugió́:


—Que este demonio no vuelva más a tu alma, que en su lugar deje a Cristo y a su fe.

Tras esto, la mujer pareció́ tranquilizarse y recobró el aplomo con lentitud. Auyero jadeaba, totalmente empapado en sudor y con las manos aún sobre la cabeza de la poseída. En la habitación reinaba el silencio, solo interrumpido por los lejanos estruendos de las balas. Ella abrió́ los ojos lentamente mientras se ponía de pie. Al vernos se le enrojeció́ el rostro de vergüenza, como si se tratase de una niña pequeña. Aún sin decir palabra alguna, se llevó́ las manos a la cabeza para arreglarse el pelo y luego se acomodó́ la ropa.


Luego de recuperar su mesura, la mujer nos pidió no marcharnos aún, pues prepararía algo para comer. Mi maestro rechazó la invitación amablemente, dijo que otras obligaciones urgentes lo esperaban. Ya en la puerta, Auyero dijo que volvería en un mes para hacer una nueva y última ceremonia. El rostro de la mujer se puso sombrío con la noticia, aunque al poco rato pareció́ olvidar lo dicho por mi maestro y recobró la flema. Para despedirse, una vez más tomó las manos del sacerdote para besarlas y luego le pidió́ su bendición.


Salimos a la calle y nos dirigimos hacia la parroquia. De rato en rato, pasaban camiones repletos de hombres y mujeres con el rostro acongojado, sentados con los brazos entre las piernas y la mirada cabizbaja. Algunos lloraban en silencio mientras miraban hacia la calle con anhelo, como si fuese su libertad arrebatada. Eran presos políticos, conducidos hacia un destino incierto donde la tortura y la muerte los esperaban. Las ráfagas de disparos se intensificaban, así́ que apuramos el paso. A esa hora, las calles se teñían de sangre y por un instante sentí́ a cientos de demonios retozar a mi alrededor, celebrando ebrios aquel bacanal sangriento. Al fondo, la risa burlona de Caym se confundía con las metralletas como anunciando nuestro fracaso.


Auyero, indiferente a lo que pasaba a nuestro alrededor, se detuvo pensativo. Me miró y me dijo con pesar en su voz que lamentaba haber rechazado la comida.

 

SOBRE EL AUTOR

Mario Siddhartha Portugal Ramírez es editor de la revista Boca ‘e Loba. Su más reciente publicación es el libro de cuentos “Pequeñas historias de grandes embusteros” (Fundación BCB, 2021).

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