• Christian Jiménez Kanahuaty

Cuando don Quijote llama

Actualizado: 8 feb


CHRISTIAN JIMÉNEZ KANAHUATY

 

Escribir sobre Don Quijote de por si es una tarea destinada al fracasado y es que en toda empresa el fracaso es lo más importante. No se trata de concluir algo, se postula una intención, un gesto; un modo de alcanzar algo, una tentativa. Ésa es la propuesta del arte en el tiempo presente. No la obra acabada, sino su espejismo, su construcción. Lo inacabado emula de ese modo la vida que sólo adquiere sentido y coherencia tras la muerte porque es en ese momento en el que recién se puede decir algo de lo transcurrido. Así sucede con Don Quijote.


Nunca sabremos nada de él que no esté en el libro de Cervantes. Pero al mismo tiempo, sentimos que lo conocemos, porque compartimos sus inquietudes y sus misterios. Aquellos son los de su propia vida y el modo en que cierta locura detonada por la febril lectura de libros de caballería hace de él un preso en la cárcel de su propia imaginación, que es también la de su propio cuerpo.


Don Quijote imagina con el cuerpo. Sale al encuentro de los infortunios y entuertos y de ventas (hosterías, albergues) que parecen castillos, de zarrapastrosos que piensa como duques y reyes de la antigüedad; mira empleadas domésticas como si fueran princesas a quienes se debe entregar algo más que la vida y el amor. Pero también se enfrenta con rocas, con molineros, con campesinos, y rebaños de ovejas y ladrones. A todos los ve de modo diferente. Quizás porque la vida no le basta. Quizás porque desea condimentar su existir con la fabulación de lo que hay más allá de lo que los sentidos le indican que hay. Sea como fuere, Don Quijote existe porque es desde su cuerpo que plantea el poder de la imaginación.


No se tratan de simples mentiras o de aquello que Mario Vargas Llosa llamó en su momento, la verdad de las mentiras. La verdad de las mentiras nos pone frente a la ficción como revés de la realidad. Nos pone como lectores, como firmantes y garantes de un pacto con el autor del libro. Sabemos que ese libro es una ficción, una mentira por lo tanto, pero una mentira que decidimos creer porque en ella se revelan sentidos más reales que los que nos entrega la realidad. La ficción nos enseña tanto de nosotros mismos como la historia y es quizá por ello que el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez postula que la novela es el lado B de la historia. Y si esto es así, Don Quijote no lo es, debido, en principio, a que su voluntad va más allá de sólo entregarse a una mentira. Para él la gesta que vive a lo largo del primer volumen del libro, es la realidad. Lo que él conoce a través de su imaginación suplanta la realidad. Y la realidad es la que termina por ser una ficción.


Cuando habla con el cura para ejercer un discurso que no se resuelve del todo entre las letras o las armas, Don Quijote aprovecha para aproximarse a una contradicción. Toda vez que las guerras han concluido, lo único que le queda al hombre es pelear por un nuevo orden a través de la palabra, que justo por ello adquiere una dimensión épica. La palabra suplanta a la espada pero no pierde en la transición, eficacia ni eficiencia.


Inaugura la modernidad no sólo porque es un personaje que se da el lujo de glosar y criticar su propia vida como si ésta fuera un texto escrito, sino que también juega con el estructuralismo, porque analiza la estructura y el sentido de cada libro de caballería con el noble objetivo de librarlos del fuego. El cura, que es, al final, el encargado de esta labor, incorpora algunas de las novelas ejemplares de Cervantes en este rito de análisis para establecer su valor. Y guiñando al lector les dice que sí, que los libros de ese tal Cervantes no son del todo malos.


Ese desdoblarse e incorporarse en la ficción hace del libro un libro que se piensa a sí mismo, del mismo modo en que en ocho de los capítulos de la primera parte, Don Quijote (y Cervantes en general) descubre el ejercicio del monologo interior.

Don Quijote es deudor del teatro clásico. Por ello surge Sancho Panza, porque Don Quijote necesita alguien que lo escuche y replique lo que se dice, para así dar agilidad a las acciones. Pero, al parecer, como este libro es también un ejercicio sobre la escritura, Cervantes hace la prueba de una nueva técnica, inédita hasta entonces, que se basa en el hecho de que Don Quijote se habla a sí mismo, ya sea para entender mejor las palabras de Sancho o para ver si lo que siente es cierto o si lo que ve a lo lejos le hará daño o podrá salir bien librado. Esta autonomía del cuerpo y de la imaginación dan lugar, entonces, a ese monologo interior y éste da, o gesta, al sujeto moderno, a nuestra subjetividad.


Don Quijote al pensarse y hablarse a sí mismo, nos permite conocernos, nos permite reflexionar sobre que la locura no es hablar con uno mismo en voz alta; la verdadera locura es no hacerlo, porque al escucharnos decir algo en voz alta, logramos poner lo que sentimos en limpio. Darle densidad y contexto. Sin ese movimiento estaríamos perdidos porque no podríamos reflexionar sobre lo que nos acontece.


En cierto modo lo que pasa con Don Quijote es lo que nos sucede como personas a medida que maduramos. Vemos el mundo de otro modo. Leemos la realidad con mayor densidad y relacionando lo verdadero con lo falso y lo pasado con el presente. Don Quijote es el libro que nos enseña a leernos a nosotros mismos, porque al hacerlo leemos mejor el mundo que nos rodea. Leer, es entender el mundo, como si éste fuese un libro. En ese sentido Cervantes parece ser el último romántico y el primer estructuralista. El último romántico porque entiende que no se trata de ideales ni de entregar la vida a las quimeras. Entiende que el valor es una forma de vivir la ética y que al final, la ética no es sino un modo por el cual se manifiesta la intimidad de las personas. Don Quijote, al igual que Sancho Panza, se muestra tal y como es. Ellos no desean aparentar nada. Lo que se ve, es lo que hay.


Y. en ese sentido, Cervantes es el primer estructuralista porque estructura el mundo en principio de forma binaria: bien/mal, paz/ guerra, Don Quijote/Sancho Panza, amor/desamor, etc.; y luego interpreta la realidad como un texto escrito que puede ser leído tras una interpretación situada.


En ese sentido, lo que tenemos es un ejercicio de interpretación que se sitúa en un punto intermedio entre la razón y la intuición. Don Quijote no es aquel que perdió la razón. Es aquel que adquiere una razón diferente, la razón moderna. Tiene ciertos puntos de contacto con la razón instrumental que ve desde el pragmatismo nuestro estar en el mundo, pero al mismo tiempo, él se incorpora con la intención de detonarlo desde dentro. Es decir, para sembrar la duda y la para organizar la resistencia al imperio de los sentidos aprendidos y normalizados por un tiempo de tiempo histórico, que, para él, ya está agotado. Interrogan Cervantes y Don Quijote por medio de la duda la política que imponen nuestros sentidos y aprendizajes. Se juzga, como resultado, que si el conocimiento se adquiere por medio de los libros y los libros conducen a una transfiguración de la realidad, entonces, el sentido no proviene de lo que fue leído, sino de aquello que fue escrito.


Hay que interpretar desde dentro y en esos límites lo que se lee. Como un producto creativo que obedece a leyes muy singulares que no siempre están explícitas en el momento ni de la creación ni de la lectura del libro en tanto texto. Por ello el contexto, el carácter y la historia de cada lector cuentan en la interpretación; pero ésta al final sólo es un matiz dentro de la acción de la lectura, porque, al final, hay tantas versiones de un mismo libro como sean distintos también sus lectores.


Pero resulta que se lee para entender, según lo que nos dice la enseñanza. Sin embargo, Cervantes (y luego Marx criticando las tesis de Feuerbach) dice, más bien, que se lee para transformar el mundo. Para poner en suspenso lo conocido y ajusticiar la razón. Tampoco es un pienso, luego existo. Es, por el contrario: existo, por eso pienso. Y como se sabe, existir, es accionar: actuar. El mundo es una experiencia vital, una experiencia sensorial y no se pueden extraer conclusiones sobre él si no se ha vivido y participado de su contradicción.


Don Quijote se hace viejo, se hace joven, se hace incrédulo y se convierte a la fe, a lo largo de todo el libro. Cada una de esas facetas no es sino la parte del todo. No son necesariamente pasos en falso, ni contradicciones ni equivocaciones propias de un espíritu perdido en el desierto de lo real. Se trata, sobre todo y ante todo, de un hombre que se mira al espejo y escruta lo que hay.


No se convence con su reflejo. Sabe que eso que ve es algo aprendido. No es algo que haya conocido por experiencia propia. Es algo que interfiere en su percepción. Lo que mira es lo que le enseñaron a ver.


Y es contra eso que él se enfrenta y aunque Sancho Panza al principio no entiende de qué trata esas cosas que dice Don Quijote, a medida que pasa el tiempo de la narración, Panza se quijotiza y comprende mucho mejor que el mismo Quijote los límites de realidad y ficción y, por ello, puede también él suspender sus deseos y entrar en el juego de la fabulación que le propone Don Quijote.


Don Quijote se sorprende por este hecho y para devolverle la mano, pasa a ser un nuevo Sancho Panza. Es él ahora quién pone alto a los delirios de su escudero. Es él quien reniega de la empresa y quien sostiene que es mejor regresar a casa. Pero en una lucha, casi dialéctica, ambos concurren a una síntesis: el mundo hay que transformarlo desde los principios que cada persona lleva en su interior. Y eso no es quijotismo, ni romanticismo, mucho menos la locura de un hombre que descree de la realidad y se lanza a construir utopías que se convierten en distopias. Lo que sucede es mucho más profundo.


Lo que acontece es que ambos se convierten en el reflejo del otro, y como tales se complementan. Pero, esa complementariedad sucede para indicar un nuevo pasaje de la modernidad: ¿cómo nos contamos a nosotros mismos cuando sabemos que nuestras acciones están guiadas por una voluntad que interfiere con nuestra razón, tanto como nuestros sentimientos?


Y es que esa voluntad a veces toma el nombre del azar, toma el nombre de destino, de Dios, de fe, de amor. Todos esos nombres son las huellas de la razón, de la mente moderna que se desplaza de San Agustín, a Descartes y de ahí, a Spinoza. Porque de lo que hablamos es del sujeto, pero de un determinado tipo de sujeto. Éste nuevo sujeto es capaz de contar su propia historia y de armar con la prosa una narración. Y que ella, además pueda lograr tener un sentido (o varios) y dote de significados a la experiencia.


Este es en definitiva el problema de la modernidad: las narraciones sobre las cuales se edifican las vidas de las personas, de las instituciones, de las emociones y ,sobre todo, de nuestro pasado. Porque el pasado no existe sino por medio del recuerdo y el recuerdo no es tal si no es que aparece a través y a partir de las palabras, y ellas deben tener sentido: un orden cronológico, por decirlo de alguna manera. Y, en ese sentido, lo que nos contamos de nosotros es tan importante como lo que los demás cuentan sobre nosotros.


El problema surge cuando ambas narrativas se contradicen. Se anulan y se convierten mutuamente en artefactos porosos que sólo demuestran ser fábricas de mentiras. Cuando no ocurre eso, las narrativas se yuxtaponen. Se fortalece el sentido y se ayuda a la proliferación del sentido.


Don Quijote es el significado que no se agota en sí mismo. Es el sentido que no tiene una sola dirección. Su intención es desvirtuar la realidad poniendo énfasis en la diversidad de puntos de vista. Nos ayuda, en suma a vernos, pero desde distintos lugares al mismo tiempo. Va en contra del monolingüismo y de aquello que Herbert Marcuse denominó como hombre unidimensional. Su propuesta es el hombre multidimensional, porque como Walter Benjamín señaló, sólo gracias a los hombres sin esperanza nos es dada la esperanza.


Y si esto es así, es porque dentro del libro se juegan varias cosas y no sólo la locura de Don Quijote. Se interpela un modo de narrar. Un modo de hacer historia y un modo de entender lo divino. Y al hacerlo, lo que queda puede ser el vacío absoluto de la persona o la posibilidad que él tiene de llenar ese aparente vacío con otras certezas. Y esas nuevas certezas son las que busca Don Quijote, porque su mundo, a través de la derrota de la armada invencible y del surgimiento de la imprenta generan en su autor, Cervantes, la incertidumbre de la modernidad, donde todo lo nuevo no termina de nacer y lo viejo no termina de morir. Es un limbo creativo, que se usa desde el teatro para reforzar valores como la valentía, el coraje, el amor, la fidelidad y la riqueza; pero estos valores, parece decirnos el libro, son valores de un antiguo régimen. Los valores del nuevo mundo aún no están expuestos, aunque se intuyen por las palabras de Don Quijote cuando se lanza una y otra vez a entender, porque los pecados pasan como virtudes y la política es considerada como la nueva guerra y el amor una cosa que sólo debe ser vista a través del prisma del dinero. Son contra esos principios que se revela Cervantes y Don Quijote es el personaje que le sirve para tal fin.


Cervantes, por tanto se da cuenta que la forma narrativa es la que mejor se ajusta a sus necesidades. No se trata de escribir un libro de historia o un ensayo o un tratado espiritual. Lo que él desea es que todos se den cuenta de lo que sucede, por eso el sentido que en el libro adquiere lo oral. Y es que Don Quijote es un libro pensado y escrito para ser leído en voz alta, porque sólo de ese modo se aprecian los matices del idioma, los giros del lenguaje, las inflexiones e ironías y, sobre todo, las metáforas que rozan lo poético. Ellas, leídas en voz alta, tienen una cualidad innata para desarticular lo conocido y la razón y lo que se piensa con un afán serio y moderado. Es una lectura risueña que no deja de ser densa y reflexiva.


Es por ello, que el libro pierde algo de sí cuando se lo lee en voz baja, que dicho sea de paso, es también un fenómeno nuevo en el mundo de Cervantes. Porque la imprenta permite que el coste del libro disminuya y pueda ser adquirido por mayores cantidades de personas. Antes de la aparición de la imprenta, los libros se copiaban a mano y circulaban pocos ejemplares y éstos, para ser conocidos, eran leídos en voz alta. Tras cambiar las reglas de juego de la circulación y recepción del libro, también cambian la lectura y la comprensión de lo escrito, y es que no hay que olvidar que tanto la Ilíada como la Odisea fueron cantadas y luego escritas. Pero eso implicó algo más: cuando se cantaba de generación en generación la gesta de Ulises, se hacía uso de algo que parece no ser tan importante, pero es capital: la memoria. Cuando la voz oral pasa al terreno de lo escrito la memoria va perdiendo terreno.


La memoria queda suspendida para el terreno de lo erudito y la forma del conocimiento cambia, pues ya no es necesario recordar, dado que aquello que se quiere recordar ya está en el libro. Está escrito. Y estar escrito se convirtió también en sinónimo de intocable. Porque cuando se recuerda y se cuenta la historia de forma oral, la narración va cambiando conforme quien la cuenta y éste va aumentando cosas, o sustrae elementos. Con lo escrito se pierde su carácter creativo, espontaneo e inmediato. Contar algo de forma oral, una y otra vez, se parece mucho a aquel juego infantil del teléfono descompuesto, donde lo primero que se dice es tan distinto a lo último, pero no por ello lo primero y lo último son menos verdaderos y similares entre sí.


Lo que pasa es que se juega con la distorsión del lenguaje. La transición de lo oral a lo escrito pasa por el lenguaje, por la elección de las palabras. Los matices, de nuevo, cobran un lugar fundamental. Y junto a ellos, las torsiones y movimientos del significado. Porque se sabe que un diálogo puede quedar bien dicho oralmente, pero ese mismo diálogo reproducido por escrito, muchas veces suena falso.


Entonces, se enfrenta Cervantes a un problema contemporáneo en la narrativa, y no sólo de ficción. Es un problema que tiene que ver con la crónica, con la historia, la etnografía y la historia oral de vida y es el modo en que reproducimos la voz del otro. ¿Qué palabras son las necesarias, las adecuadas? Y eso, trae como resultado otra pregunta: ¿Se puede alterar la narración de un hecho al momento de usar una palabra en lugar de otra? La respuesta de Cervantes en boca de Don Quijote es que sí.


Las palabras afectan la realidad. Las palabras no son las mismas en todas las épocas y es por ello que quizá Don Quijote en España tardó en ser entendido, porque se lo pensó como un libro gracioso, cómico. En Alemania, a través de la lectura que emprende Goethe, pasa a ser la punta de lanza del romanticismo, porque él ve en la obra de Cervantes, una novela idealista y profundamente sentimental. Los rusos, en cambio, notan en Don Quijote sólo tristeza y dolor. Por el contrario, los ingleses notan algo más. Se dan cuenta que el libro escrito por Cervantes es una gran maquinaria que enseña a contar historias y que las historias nacen una tras otra como ramas de un mismo árbol. Y que ese árbol no es uno sólo, sino que se hunde en la tierra a través de una proliferación de raíces que son, al final, todos y cada uno de los géneros literarios que en ese momento histórico Cervantes echó mano para construir su historia.


Entonces la novela empieza a desarrollarse más y mejor en Inglaterra con autores como Laurence Sterne, Jonathan Swift, Oscar Wilde, y Daniel Defoe, entre otros. Ellos ven la potencia que tiene el hecho de mezclar géneros, de que una novela contenga varias novelas en su interior, como si fueran muñecas rusas, o que una novela contenga pasajes ensayísticos, como aquel sobre la guerra y las letras; o que en ella también pueda caber el mundo lírico, heredado del romanticismo español y de las novelas de caballería. O que pase de la novela sentimental a la epistolar y que de ahí vaya a una novela fundada solamente en diálogos, sin más descripciones que las que evocan las palabras de los que dialogan como si estuvieran envueltos en un largo sueño. Y, es por ello que en el libro abundan los poemas y los cantares épicos redactados cada uno de ellos del modo clásico en que se solía hacerlo en su momento.


Cervantes juega con los géneros, sí, pero reconoce que cada género tiene o porta un estilo propio y también los plasma en el libro. En otras palabras, Cervantes no sólo integra en el libro distintas historias y géneros literarios, sino que se demuestra a sí mismo un maestro en el dominio de las formas y de las técnicas de escritura de cada uno de esos géneros literarios en particular. Y así, lo que Don Quijote termina siendo es un gran taller literario, donde cada historia es un ejercicio de estilo y contención. En ese sentido, como en el del monologo interior se anticipa al Ulyses de Joyce.


Bajo esas premias, lo que sucede con Don Quijote no es algo que suceda mucho en la narrativa, debido a que no todas las novelas se proponen sólo narrar algo y terminar siendo narradas desde un lugar que no tiene nombre y que, por ello, parece salido de las manos de un creador que prefiere no saber lo que hace, porque entiende que lo que importa es hacerlo. Es un autor que entiende que la idea del control es un error. Que la imperfección es la más alta cuota de pureza cuando se cuenta algo, porque al final, se trata sólo de una versión.


Y es que Don Quijote está lleno de esos juegos, versiones de versiones de versiones. No son interpretaciones, dado que no tienen ni carga de valor ni significado. Son sólo versiones porque la versión de Don Quijote se suma a la del cura y ésta a la de Sancho Panza que, al final, se agrega a la que tiene Don Quijote ya cansado y con la razón recuperada. Cada quien tiene su versión y cada una de ellas es válida, verdadera y fiel a lo vivido. Pero cada una de ellas, al mismo tiempo, es producto de una experiencia única.


Ninguno de los personajes se parece al otro, pero sin embargo, sus versiones de la historia, de la locura de Don Quijote y de sus diálogos se ajustan y funcionan como espejos unos de otros. Donde no se contraponen a través de juegos de sombras, sino que se iluminan mutuamente a partir de reflejos y destellos que nos dicen más de ellos que sus propias palabras.


Esto es así de cierto aún más en el prólogo de la primera parte que se parece mucho a una clase de metodología en las ciencias sociales y humanas, porque es una larga meditación sobre el arte del uso de las citas, las paráfrasis y el modo en que las citas son una forma de erudición y un modo de construcción de un argumento tras del cual el autor se ampara para decir una verdad que por sí sola no tendría tanto valor que cuando se la nombra a partir de la experiencia y destreza de otros que saben, en apariencia, más que el propio autor del prólogo. Al hacer esto, al mismo tiempo, Cervantes nos interroga sobre si esas citas son o no verdaderas. O si responden lo mismo a un contexto histórico que a otro. Pues el sentido que tienen va ganando o perdiendo valor a medida que las ciencias avanzan.


Cervantes parece tomar partido por la duda como principio metodológico. Al hacerlo puede que otro gesto de anticipación suyo sea el de la construcción de la genealogía como horizonte epistémico. Es decir, que es en la genealogía en la que hay continuidades y discontinuidades, donde se puede encontrar la respuesta a la pérdida del principio de realidad que guía o guió a la humanidad. La genealogía le importa a Cervantes porque a través de ella colma de pasado a la locura de Don Quijote, y refuerza aquello que no es locura, sino saturación de conocimiento, y que debe ser puesto a prueba para continuar existiendo. Al mismo tiempo, pone la genealogía, porque así es fácil que la historia no sea sólo cronología, sino juegos de poder, imaginación, fascinación y deseo. Porque no hay que olvidar que Don quijote es una novela donde el deseo cumple un papel fundamental, y es que es el deseo de cambiar la realidad, el deseo de que aquello que se ve sea real, el deseo del amor, el deseo del dinero, el deseo multiplicado en la sensualidad de la experiencia, en la exploración hasta sus últimas consecuencias de la vitalidad y es que, al final, es un vitalismo que reconstruye las percepciones y las ideas.


Cuando nos acercamos a estas ideas, entendemos que Don Quijote no es un libro para la niñez o para la adolescencia, sino para la edad adulta. Su contenido goza de una profundidad que sólo luego sería alcanzado por los ensayos de Michel de Montaigne, que alumbraran la ilustración y la emergencia de un nuevo orden social, político y económico, no sólo en Europa, sino, en todo el mundo.


Y es que el mundo es la materia prima de Don Quijote. La Mancha no es sino la metáfora de un mundo mucho más grande e imperfecto que debe ser primero descubierto y, luego, escrito. Y, por medio de la escritura, transformado para que su lectura sea eterna.


Quizá así Cervantes pase a ser el primer cronista del fin del mundo, el que anticipa el derrumbe de las ideas antes que el derrumbe físico de las ciudades, y que, a través de esas reflexiones, sea también él quien por primera vez entendió que las cosas se pueden salvar si se escribe de ellas, no como fueron, sino como alguna vez deseamos que fueran.

 

SOBRE EL AUTOR

Christian Jiménez Kanahuaty (Bolivia) ha publicado dos novelas, Invierno (2010) y Te odio (2011), ambas con la Editorial Correveidile. Ha contribuido con su poesía a varias antologías como "Cambio Climático, panorama de la joven poesía boliviana" (Fundación Patiño-Bolivia); Tea Party I (Cinosargo editores-Chile), Traductores del silencio (Sanatorio editores-Perú) y Sucia Resistencia (Ed. Groenlandia, España).


Varios cuentos suyos han sido publicados en antologías como "La nueva generación" (Ed. Correveidile-Bolivia, 2012) y "de Imposibilidades posibles" (Ed. Kipus-Bolivia, 2013). "Nuevos Gritos Demenciales, antología del cuento de terror" (Ed. 3600. La Paz, 2011), "Una espuma de música que flota. Antología de cuento Bolivia-Ecuador" (Editorial Jaguar, 2015) y en la revista Intravenosa de Argentina.


Dentro de su obra de no ficción destacan el libro "Ensayos de memoria" (Autodeterminación, 2014), "Bolivia. El campo académico, cultural y artístico 2003-2016" (Autodeterminación, 2017), "Movilización indígena por el poder" (Autodeterminación, 2012), La maquinaria andante (Abya-Yala, 2015) y Distorsiones del colonialismo (Autodeterminación, 2018). Sus últimos trabajos publicados son el ensayo titulado "Roberto Bolaño, una apropiación" (2020) y su novela "Paisajes" (Ediciones E1, 2020).

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