• Juan Carlos Zambrana Gutiérrez

INTRUSOS

Actualizado: 2 feb


Juan Carlos Zambrana Gutiérrez, escritor boliviano, comparte “Intrusos” uno de los cuentos que componen su libro titulado “Tarántula” (2021, Editorial 3600). La obra puede ser adquirida en Bolivia en este enlace.

 

Anoche volví a soñar con mi tío Julio, ya es la tercera vez desde que murió. En mis sueños veo su propiedad a un lado de la carretera, y su casa junto a la quebrada, con el monte de fondo. Está chica la casa, porque la veo de lejos, pero incluso así escucho gritos, es la casa la que me grita, también la hierba alta, el gatito, los árboles, todo me agrede, lo vivo y lo muerto por igual. Cuando terminan esos sueños me quedo asustado en la cama, empiezo a recordar lo que pasó la única vez que estuve en esa propiedad y, no sé por qué, me vienen ganas de cortarme con la tijera, aunque sea un poco.


Era más o menos la hora del almuerzo. Mamá paró la vagoneta frente a la tranquera de palo y alambre. Mi hermana se dedicó a hacer preguntas, que por qué estaba todo descuidado, que qué había pasado con mi tío para que dejara la hierba tan alta, que por qué la casa tenía piedras y ladrillos sobre el techo. Mamá no le respondió. Se bajó de la vagoneta y trató de abrir la tranquera, pero volvió y le dijo a mi abuelita que alguien había puesto cadena y candado. «¡Ay, Julio!», se lamentó mi abuelita e hizo el esfuerzo de bajar de la movilidad. Mamá nos miró a mi hermana y a mí: «Se van a portar bien», dijo. Tenía miedo, se quedó muda, mirando diferentes lugares de la vagoneta; los ojos se le pusieron pesados de tristeza. «Nada de preguntas a su tío», dijo al fin.


Poco después estábamos parados frente a la tranquera. Mamá levantó un alambre de púas con las dos manos y pisó otro, el de más abajo, apoyando su peso para doblarlo. Mi abuelita se agachó y pasó por la abertura, eso le hizo soplar su dolor y decir un «¡Ay!» que sonó a reproche, a queja contra la testarudez de todos los hijos del mundo, yo incluido. Cuando estábamos al otro lado y solo faltaba mamá, mi hermana me dio un puñete en la espalda y dijo: «¡Ayúdale! ¡Qué te pasa!». Mamá se enojó: «¡Nada de ayudar!», dijo. «¡Salgan de acá!». Pasó por entre los alambres, se sacudió las manos y empezó a caminar. Todos la seguimos.


Desde la tranquera hasta la casa había 100 metros de hierba crecida sobre arena suelta. Algo me punzó el tobillo, unas bolitas amarillentas estaban prendidas a las trenzas de mis zapatos y a mis medias. «Cabezas de diablo», me dijo mi hermana. Pensé en arrancarlas, pero iba a ser en vano, todavía faltaba trecho para llegar a la casa y al volver íbamos a pasar por ese mismo lugar. Yo era el único que estaba en shorts. A mi mamá y a mi hermana no les dolían las espinas, porque tenían pantalones jean. Mi abuelita se había puesto un buzo negro de dos piezas y si se quejaba a cada paso era por su enfermedad en los huesos.


«Estamos entrando, Julio», gritó mamá mientras avanzaba lento; la había agarrado a mi abuelita del brazo y la ayudaba a caminar. Traté de no separarme de mamá, pero me quedé atrás porque les entró arena a mis zapatillas y comencé a sentirme incómodo. Le pasó lo mismo a mi hermana: levantó el pie, lo sacudió, hizo muecas con la boca torcida. No se atrevió a quejarse. Yo tampoco.


A medida que nos acercábamos a la casa empecé a darme cuenta de que mi hermana había sido muy observadora allá atrás, en la vagoneta; sus preguntas estaban justificadas, la propiedad entera era un descuido: ¿los alambres de púas?, doblados y flojos; ¿los postes?, podridos; ¿las paredes de la casa?, viejas, descascaradas; ¿las calaminas del techo?, mal puestas –por eso había piedras allá arriba, para que no se las llevara el viento–; ¿la basura?, esparcida por todo el terreno; ¿el auto –un Lada viejo color caqui–?, oxidado, los vidrios rotos y las llantas pinchadas. Todo deshecho, incluido mi deseo de conocer a mi tío, único responsable de tanto desperdicio.


De repente mamá se paró en seco a pocos metros de la casa, ahí se quedó unos segundos con las manos sobre la boca. Se dio vuelta a mirar a mi abuelita, tenía los ojos inundados, cada vez más tristes. «¿Qué pasó?», dijo mi hermana y me agarró fuerte del brazo con las dos manos. La empujé y fui hasta donde estaba mamá. Había un gatito gris en el piso, muerto hacía varias semanas, sin carne ya, los gusanos habían dejado la piel polvorienta y el esqueleto.


Primero me dio pena. Y después, rabia, hartísima rabia. ¡Mi tío no supo cuidar a ese animal!


Mi abuelita también se enojó. Primero dijo «¡Aj!», luego gritó: «¡Julio! ¡Abrí, hijo! Estoy con tu hermana y tus sobrinos». No hubo respuesta.


La puerta de entrada a la casa estaba cerrada con llave. «¡Andá, dale la vuelta y hablale por la ventana!», dijo mamá y me empujó. Fui corriendo a la parte de atrás, había un montón de basura, tres papayos con la fruta madura y agujereada por los pájaros, seis árboles de plátano con los racimos negros, dos árboles de manga, enormes, un mar de hojas secas y una noria que tenía los ladrillos ennegrecidos. Me acerqué a la ventana más grande, la malla milimétrica era vieja y la habían desgarrado por partes. Mi tío estaba echado de espaldas sobre su cama, muy flaco, en calzoncillos, una sábana percudida le tapaba casi por completo las piernas; su respiración era la de un perro enfermo. «Tío», susurré. No se movió.



Portada de Tarántula (2021, Editorial 3600)

«¿Y?», gritó mamá con los nervios de punta, desesperada. «¡Ya pues, hijo! ¡Está o no está!». Me la imaginé frotándose fuerte la nariz o agarrándose la cabeza, con los ojos apretados. «Tío», volví a decir un poco más fuerte, apoyando las manos en la parte del marco de la ventana que tenía la malla desprendida. El cuarto estaba a media luz, lleno de cachivaches. Había un motor viejo –de los que generan electricidad–, bidones, palas oxidadas, botas, picos, baldes, cubiertos, platos de cerámica, azadones, botellas de cerveza, canecos metálicos y un montón de ropa sucia desparramada en el piso y en los cajones abiertos de la cómoda que estaba junto a la ventana, a cinco centímetros por debajo de mis dedos. Sobre la cómoda había una capa de polvo gruesa, velas usadas, cigarros quemados y una tijera de peluquero con marcas de óxido por todas partes. Igual que mamá, empecé a tener miedo. Pero también sentí vergüenza, me estaba dando cuenta de que había invadido la privacidad de mi tío.


Por la ventana salía un olor rancio, como el del caldo cuando se enfuerta en el plato de un perro. «¡Hijo!», me gritó mamá y supe que ya venía a buscarme, a jalarme la oreja. Por desgracia, lo único que se me ocurrió hacer fue gritar más fuerte: «¡Tío!». Él se movió como cuando le vienen ataques a Martín Pedraza, mi compañero de curso, que tiene epilepsia. La tembladera hizo que la sábana cayera al suelo.


¡Increíble! Mi tío tenía las piernas llenas de cicatrices, desde las rodillas hasta la cadera, incluso había cortes recientes que parecían ojos blanquecinos o negros. Empezó a gruñir mientras intentaba recoger la sábana sin bajar de la cama, torció su cuerpo y me miró, sorprendido –su cabello seco y sucio, igual que su barba–. No terminaba de creerse que estuviéramos adentro de su propiedad, rodeando su casa. Le estábamos faltando el respeto, ya no me quedaban dudas, tal vez por eso me quedé duro como una estatua.


«¿Julio?», dijo mi abuelita con la voz que le temblaba. Mi tío apretó fuerte los ojos y volvió a su posición de espaldas sobre la cama. Se agarró la cabeza con las dos manos y empezó a cargar un gruñido profundo que resonó en su estómago un rato y después explotó: «¡Mierda!». Se puso a tirar botellas y zapatos contra la puerta del cuarto –cerrada, como todas las puertas que nos tenían que llevar hasta él–. Nos insultó y nos maldijo adelantándonos de qué nos íbamos a morir. Solo pude moverme para agarrar la tijera de peluquero, la apretaba fuerte con las dos manos sin saber bien por qué. Mamá apareció corriendo y me sacó de ahí. Los tres volvimos por donde habíamos entrado y dejamos a mi abuelita tratando de tranquilizar a su hijo. Solo una vez miré atrás mientras salíamos. La casa ya estaba lejos y pensé que no iba a ser suficiente para contener muchos años al hombre que la destruía por dentro; miré también el terreno, todo ese lugar destrozado nos reclamaba respeto. «Uno tiene derecho de escaparle a la gente de mierda y encerrarse», gritó mi tío. Mamá me agarró la cabeza y me hizo caminar rápido hacia la carretera.


Subimos a la vagoneta, escondí la tijera entre mi pierna y el asiento. Incluso con las ventanas cerradas se escuchaba la voz de mi tío. Mi abuelita ya venía caminando lento desde la casa. Mamá salió a darle alcance, la agarró del brazo y la ayudó. Las dos subieron a la vagoneta con las caras deformadas y húmedas.


Volvimos a nuestra casa sin hablar. El viaje duró una hora y mi abuelita se pasó la mitad de ese tiempo gimiendo y limpiándose la cara con su pañuelo; la otra mitad estuvo sollozando. Las cabezas de diablo estaban clavadas en su buzo negro, pero ella lloraba como si hubieran trepado por su cuerpo, enterrándole las espinas hasta la carne roja del corazón. Mi hermana me miraba con los músculos del cuello contraídos y los ojos húmedos, pero nadie dijo una sola palabra. De a ratos me venía una tembladera que se calmaba cuando mis dedos tocaban el metal, debajo de mi pierna.


***

Ya casi pasó un año desde ese día y tengo que admitir que, hoy por hoy, a mí también me duele lo que sucedió. Pero no es solo dolor, tengo miedo, como mi mamá cuando estuvo frente a la tranquera. Creo que ya lo he comprobado: cuando mi tío murió, hace una semana, hizo personal su reproche y empezó a castigarme por atrevido, porque le grité desde la ventana.


Quise saber si alguien más soñaba con él, mi hermana dijo que no: «Gracias a Dios, no». Mamá y abuelita no hablan de mi tío, y si alguien se acerca a darles los pésames, ellas se quedan calladas y sus caras se deforman poco a poco, como si estuvieran esforzándose por tragar y no vomitar la tristeza. Es que mi tío no le avisó a nadie cuando se puso mal, les negó la despedida a su madre y a su hermana.


Lo de los sueños me pasa a mí. Es como si él hubiera traído su casa a mi mente, con las cabezas de diablo y los alambres de púas, el cuero empolvado sobre el esqueleto de gato, el auto destruido, el olor a comida agria, ¡la furia! Está en alguna parte de mi cabeza y quiere quedarse ahí, solo, lejos de la gente intrusa.


Supongo que eso está bien. Y es lo último que escribo sobre mi tío, a ver si así deja de estar enojado y de una vez se me van las ganas de abrirme un ojo cerca de la ingle, con el filo semioxidado de su tijera.

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