• David Crauley

Ellos ahora no lo son


Sobre el autor

DAVID CRAULEY, nacido en la primavera de 1976 en Torres Novas (Portugal).

Desde hace tres décadas reside en Sevilla (España). Licenciado en Ciencias Políticas. Diseñador gráfico de profesión en la actualidad. Melómano frenético. Devoto de JG Ballard, E.A. Poe y Henry Miller.


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David Crauley


Yo no sé tocar un instrumento o decir cosas enrolladas que te vayan a hacer gracia. Yo sólo sé hacer esto; no es bonito, no es simpático pero lo sangro, es lo que soy, es lo que vivo, no hay trampa ni cartón y eso debería valer algo, ¿no crees? No quiero ser pretencioso, pero a veces lo hago bien o al menos mejor que muchos de esos que tienen un Planeta o un Goya en la repisa y que no dicen absolutamente nada. Créeme, no busco el éxito, tan solo un rato a solas contigo en tu cabeza tal y como estamos ahora. Ahí estoy cómodo, me siento mejor, hasta más guapo. Después, quiero una copa y llevarte a la cama, quien sabe. Dirás que voy deprisa, y yo te digo que no hay tiempo que perder, mañana estallará una guerra o se pondrá de moda no amar a los demás y ya no querrás hacerlo conmigo… no hay tiempo que perder.


Dicen que en la vida hay que hacer algo de provecho, nada de eso, yo sólo quiero hacer esto y, si en el proceso, consigo molestar a mis vecinos mucho mejor. ¿Hacer algo de provecho o aprovecharse de alguien que hace algo de provecho?, recuerdo que se preguntó indeciso aquel gran sabio que tenía muy claro que aún no sabía una mierda de nada. No pensó lo suficiente, si lo hubiera hecho, habría adivinado que no es cuestión de hacer esto o lo otro, sino de estar en paz con uno mismo y, después, con todos los perros que saben que si lo piensas, verás que a cuatro patas se goza más. Tú lo sabes, yo lo sé y, aun así, aún hay quien prefiere ponerse de rodillas para rezar a un dios que, honestamente, no está a la altura de las zorras y las perras que a cuatro patas andan, y que, cuando rezan, lo hacen del revés. Por amor a ellas, cuando escribo, lo hago del revés… y de lado y ahí abajo si tú me dejas que llene de palabras la zorra que llevas dentro.


Cuando mejor escribo es cuando no escribo, cuando estoy debajo de mi almohada pensando lo que pensaría si tuviera ganas de pensar. ¿Pensar? ¿Follar? Para mí es lo mismo, y siendo una misma cosa es natural y necesario que siempre lo haga de una misma manera: poniendo contra las cuerdas a diáconos y monos pensadores que ni siquiera desnudos con el rabo tieso podrían poner en aprietos mi culo que sabe bien que el Uno no puede ser tres y que dos más dos nunca será lo que a ellos les dé la gana. El que piensa y folla mientras piensa, sabe que, cuando sumas un dos con otro dos, tienes un millón de palabras a tu favor. Es cuestión de ponerlas a bailar; primero en la calle y, después, en el papel siempre en contra de los ingenuos que aún confían en los monos pensadores que no saben qué demonios hacer con mis palabras. Ellas no se dejan montar por cretinos y yo tampoco.


Como he dicho: me follo todo lo que pienso y, después, pienso mucho mejor sabiendo que, el culo de un hombre es tan bueno como el culo de una mujer, para evitar pensar demasiado en lo que sería mejor para un hombre como yo que no se conforma con nada. Hombres, mujeres, perros y gatos son hermosos cuando menean el rabo y no le hacen mucho caso a lo que les digo, que no tiene mucho sentido si intentas aprender algo, lo que sea.


Jodo con lo que escribo y escribo por joder, y cuando lo consigo soy feliz, muy feliz pensando que todos ellos ahora no lo son.

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