• Christian Jiménez Kanahuaty

RESEÑA: El tejido adiposo de Gabriel Entwistle


-por Christian Jiménez Kanahuaty-


La novela propone aspectos que es importante tomar en cuenta. En principio el espacio desde el cual se narra. Éste, que es en apariencia un territorio chileno, pierde continuidad porque se enfrenta con el problema del habla. Termina siendo, entonces, Chile, o mejor dicho, el espacio chileno de la novela; un ropaje que a veces desvela otra geografía. Bolivia se hace presente a destajo. Como si el lenguaje mismo traicionara al autor de la novela porque en momentos suena creíble el ritmo y la tonalidad del habla chilena, pero luego está se deshace y deja paso a un habla con pretensiones de neutralidad que se usa para narrar las partes de la trama que se desarrollan en Bolivia.


La literatura es una de las formas en que nos relacionamos por medio del lenguaje con la realidad. Esto que se apunta sobre la tensión entre lengua y habla no es para menos, porque es el modo en que el artificio de la ficción pasa de ser representación a ser verosímil. Un mundo que se construye sólo con palabras debe atender al lenguaje como ninguna otra construcción. Y en ese sentido, los registros testimoniales, visuales y autorreferentes de la novela están determinados por este.


Quizá también haya que decir que El tejido adiposo sea un ejercicio de narrar la familia, pero también es un pretexto para explorar el modelo de la novela de aprendizaje. Lo es también el modo en que el autor afronta la escritura de una novela que mientras se escribe se va descubriendo. Esto quiere decir que al leer la novela el lector va entendiendo que el programa narrativo de la novela es el de narrar, y en el acto de narrar descubrir cómo funciona el artefacto “novela”; luego qué características tiene la historia que se pretende contar. Hay por ello un trabajo de invención y fabulación que en cierto modo cumple el rol de toda primera novela. Querer decirlo todo en el menor espacio posible. Esto ocurre porque la primera novela siempre es un laboratorio desde el cual se postula un modo de entender la prosa y una manera de ejecutar la tensión de tono narrativo.


No es casual que en muchos de los capítulos se parta de un acontecimiento y se termine contando otra cosa. No es simple digresión. No es afán de conectar ideas y fluir de la conciencia. Al parecer, es el momento de ponerlo todo en escena para ver de qué modo el mundo que se escribe es un mundo coherente. A veces la coherencia está en lo mínimo. A veces la coherencia queda en guardar el primer borrador de prima novela y emprender la escritura de la siguiente, para que sea ésta, y no la primera, la que al final sea publicada. El tejido adiposo, más allá de ciertas bondades que presenta al momento, da la impresión de ser el último manuscrito de una larga escritura, pero no así la versión final. No aquella versión que debe circular. Hay reiteraciones de palabras, conjunciones que podrían haber sido mejor planteadas y encadenamientos de frases y oraciones que no terminan de construir ideas cargadas de sentido narrativo.



Portada de "El tejido adiposo" (2021, Editorial 3600)

Es reconocible cierta influencia de literatura contemporánea latinoamericana y cierto tratamiento del espacio por el que se mueven los personajes. Esto es interesante porque parecería que hay un afán residual del espacio. Mostrar lo mínimo, porque lo que de verdad importa en El tejido adiposo es el paisaje interior, lo que sucede en el cuerpo, en la mente y en la imaginación de los que están inmersos en la trama de la que se pretende dar cuenta. Pero se da cuenta de ella bajo un cierto arco que va de la descripción a la ensoñación. Del afán de exhaustividad a la parquedad y del condicionamiento del ojo clínico del narrador que todo lo ve y ya sabe lo que ocurrirá, a la sorpresa e incertidumbre propuesta a través de la voz narrativa de los personajes, cuando éstos asumen reemplazar al narrador al momento de contar un hecho, o un recuerdo o un episodio del cual se desea hacer una glosa para extraer mayor significado del que se percibió en el momento en que aconteció.


El tejido adiposo bien podría ser una novela sobre la familia y sus fracturas. Una novela sobre el modo en que se gesta el daño y los recuerdos. Pero también es una novela sobre la ciudad y sobre el descubrimiento de la misma. Es probable que no se necesite conocer una ciudad para narrarla, pero es infrecuente intentar narrar una novela coral que comparte diversos escenarios sin dotar de vida a ninguno de ellos. Ocurre que si bien la novela transcurre en varias geografías ninguna de ellas logra ser un personaje. Son ciudades de cartón piedra. No son ciudades vivas ni con sonido propio. Más parecen el recuerdo de un recuerdo dentro de un recuerdo. Algo que alguna vez se vio desde lejos, pero que nunca se palpó.


Quizá no sea un error, podría ser que haya sido la intención del autor. Pero es importante anotarlo porque le resta fuerza a la historia. Limita la prosa y otorga indefinición a detalles que se quiere mostrar como significativos.


En el orden natural de la narración hay cuidado. Aunque como herramienta el lenguaje que se usa para escribir documentos académicos no necesariamente es útil para escribir ficción y es por ello que hacen ruido frases como las siguientes: “la cual”, “en la cual” dentro de un mismo párrafo al comienzo del capítulo 4 y que se repetiría dentro del mismo párrafo en el mismo capítulo páginas más adelante. O: “Matemáticas le repulsaba”. Hay algo que no funciona en esa frase. Y cuando pone en la reflexión del personaje un acercamiento teórico de la escuela donde la denomina una “tecnología” de dominación y formula la noción de que la escuela es una “tortura psíquica” para al final rematar refiriéndose al sentido común sobre la escuela de los psicólogos como de los “legos”, que sostienen que los niños son siempre buenos. Esto aparentemente suena interesante y podría desde ya generar debates desde la sociología de la educación o desde el pensamiento crítico pedagógico. Sin embargo, el lenguaje resta potencia a lo que se pretende decir. En principio porque esa reflexión es impuesta por el escritor, pero no por el narrador, ya que en ningún otro momento de la novela el personaje que descifra de este modo el mundo educativo vuelve a tener ese grado de abstracción. En segundo lugar, porque la novela tampoco presenta ser una novela de ideas, ni una novela ensayo. Palabras como “legos” o “tortura psíquica” están descontextualizadas. Podrían funcionar si el autor hubiese recurrido a otras maneras para referirse a estos hechos. Mostrarlos. No teorizarlos.


Se podría también, como posibilidad de lectura de El tejido adiposo, dar una sociología de la novela para revelar los instantes en los que se despliega cierto racismo en las acciones y en el habla, o ciertas ideas delirantes que atienden a una violencia gratuita con derramamiento de sangre incluido, como si la novela también fuese un documento de barbarie. Debido, sobre todo, a que intenta ser un documento testimonial de la vida de una familia que atraviesa disoluciones afectivas y territoriales, que para resolverse recurre a la escritura y a la puesta en escena de todos los telones de fondo que explican una conducta o un modo de ser. Son llamativas las generalizaciones alrededor de la piel, el techo de zinc o las calles y la suciedad. Y uno podría pensar hasta qué límite eso es producto del propio reflexionar de la novela, como artefacto del lenguaje o como herencia del contexto sobre el autor que escribe. Siendo así se podría pensar que también las ciudades, y, por tanto, los países, también gozan de un tejido adiposo que las califica y clasifica frente al resto.


Hay que, sin embargo, hacer notar que un esfuerzo de la novela tiene que ver con la economía del lenguaje. Es propia de la reciente narrativa apostar por la novela en formato breve. Y sobre este punto podrían desplegarse muchas hipótesis de trabajo, desde la influencia de los medios y redes de comunicación, hasta narrativas que han cultivado el género y el estilo que han sido asimiladas por los nuevos escritores, tanto en su formato de lengua nativa como en su variante de traducción. Hacer más con menos es también el signo de la velocidad que parte del supuesto que en la modernidad los lectores, al dedicarse a muchas actividades, ya no disponen del tiempo necesario para leer una novela de grandes dimensiones, o puede que el autor haya necesitado solamente ese espacio para dar cuenta un mundo.


Pero como se apuntó: el mundo que se construye a veces tiene el rasgo de ser unidimensional. Los personajes sólo dejan ver parte de lo que podrían ser. Acá los silencios y los sobreentendidos no ayudan a la trama. El ejercicio en El tejido adiposo es también dejar que el lector ponga las piezas que faltan y ordene los pedazos de información que se van dando. Porque no está demás decirlo, es una novela no lineal, donde el tiempo narrativo y la secuencia de los acontecimientos está rota, fracturada y desordenada. Entonces, el trabajo de lectura es el de una lectura atenta que atienda a este tipo de registro.


Finalmente, El tejido adiposo nos muestra escenas dentro de la vida privada de las familias que nos inducen a pensar las condiciones sociales bajo las cuales se presenta el daño entre padres e hijos y entre hermanos. Al mismo tiempo, nos muestra cómo se va procesando la vida, para luego ponerla por escrito y por qué es necesario pasar la vida a la ficción para que la existencia tenga cierto grado de sentido. Aquí quizá esté el núcleo de lectura de la novela. La novela que leemos es, en realidad, la preparación y el antecedente para que entendamos porque el personaje decide emprender la escritura de una novela. Y la tensión está entre escribir una novela sobre la dictadura o una novela rápida, moderna; y por moderna, aquella donde hay juventud, drogas, mucho sexo y vértigo. La decisión pasa, una vez más, por un mundo académico desdibujado. Los materiales que el personaje revisa con afán categórico le servirán para escribir una tesis, pero mientras la escribe su propia vida afectiva entra en jaque.


El tejido adiposo tal como la tenemos publicada por la editorial 3600, sugiere pensar que en ese sentido también es la primera parte de una novela que podría seguir escribiéndose. Los cabos sueltos, los puntos de fuga y los momentos que se interrumpen no son sino muestra de una escritura que empieza a convencerse de que la novela puede ser un formato útil para interrogar el valor de las interpretaciones sobre lo real que imperan en la vida cotidiana. Es buen tiempo para la publicación de esta novela, debido a que de nuevo está en circulación una novela que propone al yo como el centro de las acciones. Es, en ese sentido, una novela centrípeta. Por ello, es parte ya de un movimiento o gesto estético que pretende construir al sujeto como centro de la realidad. Quizá por ello la dimensión espacial, a pesar de los soportes visuales que provee la novela, no sean suficientes. Y puede ser que también el lenguaje, que se usa para construir El tejido adiposo aun, sea un lenguaje que como herramienta de construcción de una ficción esté teñido de contradicciones y tensiones en el momento de describir, connotar y armar el tiempo narrativo. A pesar de ello, es un gran esfuerzo del uso de la prosa como recurso para postular un mundo y para poner de manifiesto una literatura sobre la familia y los cuerpos dentro de ella que posibilita pensar el universo afectivo desde otras coordenadas.

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